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Sufrir un desahucio a los 70 años.

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Recibir una orden de desahucio siempre es un gran varapalo. Tras abrir el sobre, surge la angustiosa pregunta “¿Y ahora qué?”. Cuando el sobre va a nombre de una persona mayor, el hundimiento emocional todavía es mayor. Y no llega de repente, sino tras meses de temor y nervios por la acumulación de recibos impagados del préstamo o del alquiler. Psicólogos y entidades de apoyo advierten que se trata de uno de los colectivos más frágiles del drama de los desahucios. Las historias de Rosa y de Pilar y Miguel, en Valencia, son buena muestra de ello.
Y no son casos aislados. A finales de 2013, el estudio Emergencia habitacional en el estado español, elaborado por la PAH junto al Observatorio Desc, aseguraba que un tercio de las ejecuciones hipotecarias se producen en hogares con una o dos personas mayores de 65 años.

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Rosa atiende, con su hijo, a los medios de comunicación en la Ciudad de la Justicia de Valencia el día en que subastaron su vivienda. – Cedida por la PAH Valencia

Sin piso por haber tenido que reformarlo

Después de un largo matrimonio, el marido de Rosa desapareció cuando se jubiló. Aportaba la única fuente de ingresos en el hogar y estaban pagando el préstamo con el que reformaron el piso, el mismo que presentaron como aval. Las obras no fueron fruto de un capricho: las necesitaban porque Rosa tiene una discapacidad del 72%.
Tras el abandono, Rosa se quedó en casa descompuesta. Tiene 69 años y vive en el barrio de Marxalenes con un hijo de 42 años desempleado. Sabe que con su pensión de 370 euros al mes nunca podrá pagar una deuda de 35.000 euros. El banco procedió a emitir una orden de embargo, que desembocó en una orden judicial de desahucio. En cuanto se vio sola y con la deuda, interpuso dos demandas: una por abandono del hogar y otra de divorcio.
Como todos los viernes, Rosa acude a la asamblea semanal de la PAH de Valencia. Cuenta que al principio no quería ir porque se sentía muy confusa y “encerrada” en sí misma, pero la asistenta social le insistió y accedió. Allí escucha, aprende de personas que están en situaciones similares y comparte su experiencia. Tras la reunión general, los asistentes se organizan en grupos más reducidos dependiendo del banco que les afecta. Rosa está en el de los pequeños.
Primus es la entidad que les concedió a ella y su marido fugado el préstamo que la llevó a la desesperación. Un banco online, con sede en Madrid, de “difícil acceso” y con un teléfono 902, comenta. Y que no se acoge al polémico Código de Buenas Prácticas -de suscripción no obligatoria- que se consiguió a través de una ILP en 2013. “Les pedimos un alquiler social de 50 euros y la dación en pago, pero no accedieron”, asegura Liliana, portavoz de la PAH en Valencia.
“Dejé de pagar la hipoteca y me vino el aviso. No tenía nada. Lo único que entra en mi casa, para dos personas, son 370 euros”, lamenta Rosa. Su hijo, parado, vive con ella. Ambos sobreviven con la pensión y lo que reciben del Banco de Alimentos. Tiene otra hija que vive con su pareja y dos hijos, pero no puede ayudarles: los dos están también en el paro.
¿Y su marido? “Él también firmó la hipoteca, pero en este país cuando firma un matrimonio, si no hay separación de bienes, la deuda se le carga al que está en el piso”, explica Liliana. “Fue jubilarse y largarse, se desentendió de todo y desapareció”, reprocha Rosa. Al iniciarse el procedimiento hipotecario estuvo sin domicilio conocido, pero acabaron encontrándole, por lo que ahora tendrá que asumir responsabilidades. El embargo -que saldaría la deuda sin tener que recurrir al desahucio- se efectúa cuando se supera el salario mínimo interprofesional, caso que no es el de Rosa pero sí podría ser el de su todavía marido.
El piso ya no es de Rosa, pero seguirá viviendo ahí hasta marzo de 2015, como mínimo, ya que logró la moratoria con la que el Gobierno procrastinó el problema de los desahucios para muchos afectados. Una fecha crítica que dará que hablar, a dos meses de las elecciones autonómicas donde hay tanto en juego. “Si no nos dan solución, la liaremos”, avisa Liliana. En el peor de los casos, Rosa dice que se ve “bajo un puente con una tienda de campaña”. “La solución sería dejarme en el piso hasta que me muera, y entonces que se lo quede el banco”, sugiere. Ante la pregunta de qué haría su hijo, es clara: “Ya se buscará la vida”.

Dos avalistas para pagar una licencia de taxi

Martin se vio obligado a retirarse de la construcción tras sufrir un accidente laboral. Entonces conoció a un taxista que iba a jubilarse y le propuso venderle su licencia. Era cara, pero vio una buena oportunidad para ganarse la vida y pidió un préstamo al banco por valor de 132.000 euros. Como vive de alquiler, junto a su mujer e hijas, su suegra ofreció su piso como aval.
Aunque el valor del piso casi triplicaba el préstamo, según explican los afectados, el banco consideró que no era suficiente. Entonces acudió a sus padres: Pilar y Miguel, de 63 y 70 años respectivamente, vecinos de la localidad valenciana de Sueca. Son propietarios de un terreno en desuso; una casa vacía, que había sido la casa de los ya fallecidos padres de Pilar; y la casa del matrimonio, que compraron “con el trabajo de toda una vida”.
“Queríamos usar como aval el terreno, porque mi marido ya no puede trabajarlo por salud, pero dijeron que no era suficiente y nos pidieron todo, incluída la casa de mis padres”, explica Pilar. Firmaron como “aval solidario”, sin saber que eso implicaba el aval de todos sus bienes.
A Martin no le fue demasiado bien y comenzaron las dificultades para seguir pagando ‘las letras’ de la licencia del taxi. Al poco tiempo, Pilar y Miguel recibieron la orden de desahucio y descubrieron que peligraban todas las propiedades familiares: el terreno, la casa de los padres de Pilar, la suya propia y también la de la suegra de Martin. “Creíamos que dejábamos en fianza el piso vacío, no todo. El notario no nos avisó, ellos también estaban involucrados y tienen una parte de culpa muy grande”, espeta Pilar. Y añade: “Si no lo detenemos, iremos las tres familias a la calle. Llevamos dos años peleando detrás del banco y no nos dan respuesta”.
A sus dificultades económicas se suman, como en otros casos de afectados con una edad avanzada, los problemas de salud: Miguel tiene cáncer de piel y cáncer de próstata; Pilar, artritis reumatoide y varias hernias discales. Como sus hijos viven fuera, Pilar dice que había ido ahorrando para pagarse a una persona que les cuidara cuando ya no puedan valerse por sí mismos. “Pero eso también se lo llevarán”, suspira. “Han tenido una infancia muy mala, de mucha necesidad. Y cuando llegan a la última etapa de su vida, están todavía peor que en la infancia, es lamentable”, denuncia la portavoz de la PAH en la Ribera Baja, María José García.

Avalistas de los hijos

El perfil habitual de las personas mayores que reciben una orden de desahucio es precisamente el de avalistas, explican fuentes de la PAH. Personas que con su piso respaldaron el préstamo hipotecario -o de otro tipo- de un hijo, que se ha quedado sin trabajo. Un duro azote de la crisis que devasta a toda una familia: el banco se queda con el piso del hijo y con el de los padres, que han pagado con el trabajo de toda una vida. Los afectados -toda la familia- se quedan sin nada y todavía con una enorme deuda pendiente.
Según los datos ofrecidos por la PAH, el 23% de las ejecuciones hipotecarias que ha revisado la plataforma son avales de la vivienda de los padres. “Es vergonzoso e inhumano que saquen a rastras a personas mayores con discapacidad o enfermas de sus casas. Me pongo histérica”, se indigna Rosa.

La culpa

El sentimiento de culpa es la primera lucha personal que deben superar los afectados. “Vienen a la PAH llorando, sintiéndose culpables y avergonzados, preguntándose por qué firmaron la hipoteca. Pero los únicos culpables, los que deberían estar avergonzados, son los que montaron la burbuja inmobiliaria y dieron créditos fáciles con el aval de pisos. Tratamos de quitarles las culpas y que las lágrimas se transformen en rabia”, comenta Liliana.
Psicólogos sin Fronteras (PSF), una organización formada por voluntarios, ofrece sus servicios a personas sin recursos y colaboran con la PAH de Valencia. Según explican, su principal función es eliminar esa culpa relacionada con la firma de la hipoteca. “Es fácil de desmontarla” con argumentos, dicen, aunque “lleva un tiempo dejar de sentirla”. “Les hacemos comprender que firmar fue lo mejor que podían hacer en ese momento y que lo hacían por el bien de la familia, no para hacer negocio. Es muy fácil autoculparse con lo que se sabe ahora. Pero hay que centrarse en el presente y ver qué podemos hacer”, señala uno de los voluntarios.

Desinformación y achaques físicos versus experiencia vital

Un desahucio es un drama para cualquier persona, tenga 30 o 70 años. Una de las psicólogas de PSF reconoce que los síntomas son similares en todos los afectados. No obstante, las personas mayores presentan agravantes, como los “achaques físicos”, que se suman a los sentimientos habituales de ansiedad, confusión, agotamiento, desesperación… “Se hunden en una depresión, lo ven todo negro y sin salida, no se pueden concentrar y se olvidan de cosas; entonces se agobian todavía más porque piensan que tienen Alzheimer”, explica uno de los psicólogos voluntarios.
PSF explica que uno de los grandes obstáculos para las personas mayores es que no suelen dominar tanto las tecnologías de la información, por lo que se encuentran agobiados en una isla informativa y no saben a dónde ni a quién acudir. Por otro lado, las posibilidades de rehacer su vida también son diferentes. “Si a una pareja de 30 años le quitan el piso y le conceden la dación en pago, dándoles una segunda oportunidad para volver a empezar, podrían encontrar trabajo, alquilar un piso pequeño y reconstruirse. Si a una persona de 70 años la tiran a la calle, tanto anímica como económicamente lo tiene mucho más difícil”, compara Liliana. Además, el trauma de perder el hogar ‘de toda la vida’ es mucho mayor que el de abandonar un piso de compra reciente.
Pero las personas mayores también tienen ases en la manga que les dan fuerzas. “Al tener más experiencia, suelen ser más valientes, no se dejan intimidar. Una persona joven tiende a achantarse más fácilmente ante el director del banco, mientras que una más mayor no tiene pelos en la lengua”, asegura uno de los psicólogos. Su táctica es hacerles ver el desahucio en perspectiva: “Yo siempre pregunto: ¿cuántos años tienes? ’65’, me dicen. Y con todo lo que has vivido, ¿crees que esto es lo peor que te ha pasado en la vida? ‘Pues no’. Entonces este obstáculo también lo vas a superar”. “Les intentamos hacer ver que cualquier situación que venga podrán asumirla, que se adaptarán”, añade el psicólogo.
Además, recomiendan asistir a las reuniones de la PAH para que conozcan a personas con sus mismos problemas y “se impliquen de forma activa”: “Si estamos en compañía, razonamos los problemas; pero si los pensamos solos, a menudo nos quedamos con la peor fantasía”. Una de las voluntarias subraya la importancia de detectar si los afectados tienen con quién compartir sus preocupaciones. “Tuvimos un matrimonio mayor que llevaban muchos años juntos pero que no hablaban entre ellos de sus sentimientos sobre el desahucio”, apunta.

Un “cambio de chip”

Sus compañeros de la PAH aseguran que Rosa no es ni la sombra de lo que era meses atrás. Aunque prefiere escuchar y aprender, a veces le dan arrebatos y clama contra la corrupción política y la permisividad legal en España hacia las cláusulas hipotecarias de los bancos. Todavía contrariada por las palabras que emanan de su boca, enseguida se disculpa y dice que ella no habla bien de esos temas, pero lo cierto es que sus circunstancias personales han generado en ella una conciencia política que años antes nunca habría imaginado. Y, pese a todo, conserva el sentido del humor.
Pero no siempre ha sido así. “Al principio sólo se me pasaba por la cabeza lo peor de lo peor, pero he cambiado. Lo que tenga remedio, se remediará, y lo que no tenga remedio, no lo tendrá por muchas vueltas que le dé”, espeta, parafraseando a Confucio sin saberlo. Dice que ha “cambiado el chip”: “Antes no era capaz de decir una palabra y ahora me he soltado mucho. Estaba cerrada, desesperada… y sigo desesperada, pero de otra forma”.
Rosa destaca que en la PAH, además de información, ha encontrado “muchísimo apoyo moral”. “Nos comprenden, podemos hablar, estamos muy bien asesorados”, agradece mientras reparte arrumacos a las activistas. No había hallado el mismo apoyo su entorno cotidiano, precisamente. Muchas amistades la dejaran de lado porque ya no podía quedar a diario como antes para tomar un café.
Fuente: lavanguardia.com

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